17 ago. 2006

FINISTERRE

Cuando eramos chicos, nuestra abuela nos contaba de un lugar en la tierra adonde iban a parar todas las cosas que el progreso de la ciencia, la luz de la razón, el espíritu de empresa, la fortaleza de la fe y la salvaguarda de las familias desechaban por inservibles y dañinas para la educación, la industria, el amor a Dios y las buenas costumbres. Ahí caían sin aviso ni maleta lobos feroces, caperucitas, hadas, duendes, elfos, ogros, hechiceros, unicornios, pegasos, pinochos, júpiter y platero y yo. Ese lugar se llamaba FINISTERRE, el fin de la tierra, nombre que seguramente se conservaba desde la época en que se creía que la tierra era plana, es decir, esos siglos de chatura entre Ptolomeo y Colón, en donde como ocurre con todos los paralelogramos, hay un punto en donde todo termina, finis.

Como resulta obvio, la luz de la razón... etc., tienen una objeción absoluta para la existencia de semejante lugar, y está dada en el hecho de que la tierra, según se sabe, es redonda. Por lo tanto, deducen que todos esos seres que nombré no están en ninguna parte, y tampoco existe ninguna parte. A lo sumo consienten en llamar a este conjunto extravagante “imaginación”, del mismo modo que en las matemáticas, la existencia de lo inconmensurable se resuelve nombrándolo con la letra i. Para colmo de males, las investigaciones científicas están demostrando que por más que agrandemos el ojo telescópico no nos encontraremos en esta galaxia más que con nuestra propia, aterradora soledad en los espacios cósmicos. Esto, por lo menos de mi parte, no hace más que aumentar la necesidad de hallarle un fin al mundo, un lugar en donde el mundo así como lo conocemos (horrible) termine y empiece otro en donde puedan habitar las cosas eternas. Hombres de largas polleras negras hablan acerca de la existencia de otro mundo adonde iremos a parar al fin de nuestra vida, pero de acuerdo a nuestra siempre limitada experiencia, no resulta muy congruente incribirse en un club cuya tarjeta de entrada es la de salida. En cambio que recuerdo que nuestra abuela decía que en ese lugar, FINISTERRE, las cosas eran invisibles, y sólo se podía tener acceso a ellas mediante un ungüento que aplicaban las hadas de por allí. Creo que, en parte, Internet es finisterre, y es el ungüento. Aquí vienen a parar millares de cosas que los socios que les mencionaba al comienzo no pueden controlar. Están buscando el modo y es posible que consigan algún día atrapar la burbuja, no lo sé, pero mientras tanto quiero aprovechar el momento para meter aquí muchas cosas que aún no andan en la red, cosas que han quedado pegadas a la tierra, desechadas, pisoteadas, olvidadas en rincones musgosos, entre las suaves pelusas y el polvo que soplan las escobas. Alguna vez llamé a estos hallazgos mis safaris de roedor literario, cuando iba a las librerías de viejo a revolver anaqueles en busca de revistas, libros, fotos, discos, en fin, proyectos de mucha gente que, con enorme esfuerzo, sostenía durante una, dos o tres temporadas de su vida, un ramillete de sueños perdidos, que quedaban por rescatar debajo de las grandes aplanadoras editoriales, de los apremios económicos o de los intrincados avatares de nuestra condición humana. El gusto estético de moda es un delicado censor, como también lo son el azar, y el olvido. Espero, en nombre de una desalentada curiosidad, que en esta región aún queden lugares para explorar.

1 comentario:

ManWare dijo...

Bienvenido a Finisterre...

Mientras más tiempo estás por aca, más y mejor te dás cuenta de que se trata de un universo íntegro y caótico, que, a diferencia de la "imaginación" de aquellos científicos, se puede habitar.

Saludos!